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Relato corto: Silencio

09/05/2022 09:02 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Te invito a leer mi cuento, no te tomará ni 5 minutos hacerlo

Volví a creer en fantasmas el día que papá se fue de casa y ya no regresó. A partir de aquel día, él empezó a manifestarse durante los largos silencios. Podía ver su silueta bajo el marco de la puerta de mi habitación en las madrugadas, cual custodio de mis sueños, y oír el ritmo de su caminar en el pasillo.

Estoy segura de que el fantasma habita en la casa porque escucho a mamá reprochándole cosas cuando cree que mi hermana y yo dormimos: «¿Cómo pagaremos las deudas? Te necesitamos y no estás. Las niñas necesitan a su padre». Además, siempre se exalta y solloza. Las discusiones se acercan a su final cuando ella grita preguntas que nadie contesta y concluyen cuando oímos un portazo o un cristal rompiéndose.

Mi hermanita dice no sentir la presencia etérea de papá. Supongo que aún es muy joven para entender la situación. No encuentro manera de explicarle adónde se ha ido. Le basta con saber que ya no debemos tenerles miedo a los fantasmas malos porque papá fantasma siempre acudirá a nuestro rescate.

Con el tiempo he venido desarrollando el gusto por la paz. He notado que, en todo silencio, mi padre me acaricia el rostro valiéndose del viento y me hace cosquillas con las ramas de los árboles. Hasta los perros me miran extrañados cuando camino, supongo que perciben la presencia de mi padre junto a mí.

Mi vida es ahora una búsqueda constante de paz. Y la atesoro cada vez que la encuentro.

Hoy hice mis tareas temprano para poder salir al patio sin recibir los airados reclamos de mamá y que mi padre pueda impulsarme en el columpio. Lo malo es que este es bastante viejo y no tarda en rechinar, terminando con el silencio, entonces mi padre se marcha.

Mi hermana no sabe apreciarlo, pero nuestro padre es el mejor. ¿Es normal que los padres vengan del más allá para estar con sus hijos?

Mi hermana no sabe apreciarlo, pero nuestro padre es el mejor. ¿Es normal que los padres vengan del más allá para estar con sus hijos? Yo no lo creo. Esto me enorgullece tanto que cometo el error de contárselo a un niño de la escuela. El tonto se ríe, me llama loca, dice que mi padre no está muerto, que me abandonó porque nunca me quiso, y que sus visitas son cosa de mi imaginación. Para demostrarle que no miento, le digo que se calle y enseguida subo a lo más alto del pasamanos. Cierro los ojos y espero que el mundo entre en completa mudez. Lentamente me dejo caer en los brazos de papá.

Despierto con dolores en el cuerpo y la cabeza vendada. ¡Qué tonta soy!, me digo; solo yo puedo sentir a papá. Fue una estupidez creer que vendría con un niño cerca. Lo que me pasó lo tengo merecido por tonta. Mamá se halla sentada junto a la cama, ve mi rostro enojado y pregunta qué me pasa. Decido contarle de las visitas de mi padre durante estas últimas semanas.

A pocos días de haber estado en la clínica mamá nos lleva a mí y a mi hermanita al parque de diversiones. Mi hermanita lo pasa bien entre el griterío, la comida dulce y la luz intensa de las marquesinas, en cambio, yo estoy fastidiada: tengo prohibido jugar y me es imposible alejarme de todo el ruido.

Hoy he vuelto al consultorio, el doctor dice que ya no necesito vendajes. Mamá nos mira al doctor y a mí de modo sospechoso. Le pide un momento para hablar y me dejan sola en el consultorio. Cosas de adultos, pienso yo.

Me impresiona el silencio que hay aquí. De pronto, tengo una idea. Camino hacia la ventana abierta y sin mucho esfuerzo logro subirme al alfeizar. Deben ser unos cinco pisos de altura. Noto que hasta el viento está calmo. Miro feliz el firmamento y doy un paso. ¡Atrápame, papi!

Volví a creer en fantasmas el día que papá se fue de casa y ya no regresó

 

Este texto aparece en el número 59 de la revista El Narratorio de Argentina.


Sobre esta noticia

Autor:
Gabriel Martínez Barre (3 noticias)
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6048
Tipo:
Opinión
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