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Hace 1d

Por Inaciu Iglesias

Nadie dijo que ser empresario fuera fácil. No lo es. En ocasiones hay que tomar decisiones desagradables y, además, hay que acertar en las formas y asumir las consecuencias. Ya saben, lo del puño de hierro en guante de seda y todas esas tonterías. Pero, bueno, no pasa nada: va incluido en el sueldo porque la de empresario es otra de las muchas profesiones en los que a uno le critican por hacer bien su trabajo. No por hacerlo mal; no (por eso, por supuesto, también). Sino, como digo, por hacerlo bien, por cumplir con su deber, por conseguir el objetivo por el que a uno le pagan; es decir, por crear y mantener negocios rentables.

En este sentido, una de las decisiones más difíciles que tiene que tomar cualquier empresario es la de despedir. Despedir a los propios trabajadores es muy duro pero, en ocasiones, es necesario para mantener la rentabilidad del negocio. Y es que no me estoy refiriendo ahora al despido disciplinario, o al que afecta directamente a una persona o a un puesto concreto de trabajo. No. Me refiero al despido general, al que no es culpa de nadie, al que sólo es consecuencia de la mala marcha del negocio, de la falta de rentabilidad; ya saben, de la crisis y todo eso.

En este tipo de despido (que, sin duda, es el peor) siempre queda una pregunta en el aire: "¿de verdad no se podía haber evitado?". Es la típica pregunta imposible de responder. En esta vida no hay nada absoluto (a no ser la muerte y los impuestos) y, seguramente, sí: en algunos casos el despido se podía haber evitado: una mejor gestión de los costes en los años anteriores, alguna idea innovadora y eficaz que se pudo haber aplicado y no se aplicó, una mayor agresividad en las ventas para abrir mercados nuevos... Qué sé yo. Todo se pudo haber hecho mejor. Sí. Pero llegados a determinados extremos, una vez que fracasan otras medidas, cuando ya no queda nada que hacer, estarán de acuerdo conmigo en que el despido es la única solución. No es culpa de nadie, es una tragedia, supone una faena tremenda, es una auténtica put... Sí. Pero es lo que hay.

Y es entonces cuando viene la segunda pregunta, más difícil de responder que la primera: "vale, es inevitable, ya no hay vuelta atrás, hay que echar a alguien, pero entonces ¿a quién?".

Ni al peor de mis enemigos le deseo verse en una situación como ésta. (Entre otras cosas, porque estoy convencido que alguna enemistad me gané, precisamente, por haberme visto en situaciones como ésta). Pero bueno, ni aún así le deseo a nadie tener que pasar por ello. Y no se lo deseo porque no hay solución buena; no hay respuesta acertada: esta tortilla es de aquellas que no se pueden hacer sin romper antes algún huevo.Lo único que se puede intentar en momentos así es causar el menor daño posible, actuar con la mayor honestidad de la que uno es capaz, minimizar los malos efectos, los daños colaterales. Y ahí es donde aparecen varios criterios, a tener en cuenta. Varios argumentos que nos pueden servir como referencia en una situación como esta. A mi se me ocurren seis. El primero de todos es el de la antigüedad. Es decir, empezar despidiendo a los últimos que entraron.

Es un criterio simple y fácil de entender y, en ocasiones, resulta una buena opción. Pero, en otras, precisamente por su simpleza, puede ser tremendamente injusto. Otro criterio podría ser el de la funcionalidad: decidir por secciones. Es decir, despedir en función del departamento. No me parece buena idea, la verdad, pero es cierto que, en ocasiones, hay que considerarlo: parece lógico empezar adelgazando por los órganos más alejados del corazón del negocio. Un tercer criterio puede ser el coste; el coste del despido mismo. Ya saben, existen enormes diferencias entre las indemnizaciones de los contratos blindados y los contratos basura. Y aunque, sin duda, este es el criterio más injusto de todos, estas diferencias son tan grandes que resulta imposible no tenerlas en cuenta. De hecho, este es el criterio que está condicionando más despidos actualmente.

Una cuarta solución podría estar en las cargas familiares: empezar despidiendo a aquellos que tienen menos familia que atender. La intención puede ser buena, pero los efectos son muy perversos. (Entre otras cosas, tonterías así son las que siguen provocando que algunas mujeres cobren menos que los hombres por igual trabajo). En quinto lugar, por supuesto, también está el criterio del enchufismo. Solo que, en este caso, al revés: echar a los más antipáticos. Sinceramente, no sé cuantos empresarios se dejan llevar por canalladas como ésta, pero les garantizo que tienen todo mi desprecio. Y, por último, en sexta posición, está el baremo de la profesionalidad: despedir a los peores, a los que menos aportan. Se parece algo al de las secciones, pero no tiene nada que ver. Y es que aquí no se valora el departamento, la función o la contribución económica directa al negocio. No. Aquí se valora a la propia persona; al profesional. Y, precisamente por eso, a mí es el que más me gusta.

Pero ¿saben qué? que ninguno de ellos es perfecto. Y la verdadera perfección sería no tener que utilizarlos nunca.

Fuente: http://www.laempresafamiliar.com/comunidad/blogs/inaciu-iglesias/

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