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Cristian MancillaMiembro desde: 08/03/17

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19/06/2017

Este intento de homicidio no habría sido posible sin las campañas «educativas» según las cuales la violencia verdadera no es la física, sino la estructural

Hace algunas semanas, leí (y compartí) la historia de María Jesús Ortúzar, quien fue golpeada en la vía pública por dos mujeres que huyeron de la escena gritando «cuica culiá», en alusión a la presunta condición social de Ortúzar. La lógica de las agresoras de Ortúzar parece coincidir con la de quienes niegan que la violencia física sea significativa en relación con lo que ellos denominan violencia «estructural». Los leí difundiendo sus consignas luego de que Luciano Pitronello resultara herido por la explosión de la bomba que él mismo instalaba en un cajero automático y los volví a leer, recurriendo exactamente a los mismos argumentos, cuando ocurrió el atentado en el Sub-Centro de la estación Escuela Militar. No me sorprenderá leer otra vez su discurso correctivo en el caso de la bomba que explotó en la casa de Óscar Landerretche, el presidente de la Corporación Nacional del Cobre de Chile (CODELCO).

Imagen: El Ciudadano

Existen personas, pues, que afirman que la violencia física no es violencia verdadera. Afirman, en cambio, que la violencia verdadera se encuentra en situaciones y es puntual solamente cuando refleja las situaciones en las que, según ellos, se encuentra. Así, pues, interpretan que es «violenta» cualquier situación que no satisfaga las necesidades básicas de una persona o que, comparativamente, satisfaga en exceso las de otra. Desde esta perspectiva, ellos consideran que resulta violento que una niña deba prostituirse para conseguir comida (como ocurre en Cuba y Venezuela), que alguien deba hacer filas durante horas para conseguir un poco de aceite o que ni siquiera pueda contar con acceso al papel higiénico. Entonces, el hecho de que Caracas sea la ciudad con la tasa de homicidios más alta de América no es un dato relativo a violencia verdadera: la violencia en Venezuela se observa en otras situaciones de acuerdo con esta focalización.

Como una consecuencia necesaria de estas premisas, resulta que agredir físicamente a quienes no son víctimas de la violencia estructural no implica actuar de manera violenta. Por esto es legítimo golpear en la calle a María Jesús Ortúzar, arrojarle una bomba molotov en la cabeza a Daniela Fuentes, quemar vivos a Werner Luchsinger y Vivianne Mackay, agredir físicamente a Andrónico Luksic, acuchillar a un joven que viste una polera con la bandera de Israel y enviarle una bomba con forma de regalo a Óscar Landerretche. Estas acciones no serían comparables con el bienestar económico de la familia Castro en Cuba en relación con el resto de la población ni con la imposibilidad de acceder a servicios decentes de educación o de salud en la isla. Esta sí que es violencia según los relativistas de la violencia física.

Existen personas que afirman que la violencia física no es violencia verdadera

Estos relativistas resultan poco honestos, de todas maneras, porque escogen agredir físicamente a quienes juzgan privilegiados como una forma de equilibrar las cosas. Sus acciones no corrigen en nada las condiciones que, presuntamente, ellos estiman como causantes de la violencia estructural, pero sí causan daño físico y material en quienes sufren las agresiones. Lo hacen, por supuesto, sabiendo que sus agresiones causarán un daño y no corregirán lo que ellos denominan violencia estructural. Porque, en el fondo, no pueden negar la realidad ni dejar de aceptar que solamente las agresiones físicas (la violencia real) causan daños perceptibles y mensurables sobre las cosas y las personas: no la violencia estructural. De hecho, la violencia estructural no es más que un conjunto de datos y no le causan daño real a ninguna persona o cosa. Quizá ocasione un poco de estrés en quienes pretendan corregir lo que consideran injusto, pero no causa un daño físico mensurable —por ende, real. Si los relativistas no creyeran que causan un daño, entonces no agredirían a sus víctimas ni destruirían su propiedad.

Este intento de homicidio no habría sido posible sin las campañas «educativas» según las cuales la violencia verdadera no es la física, sino la estructural. Esta es la fuerza del discurso: perturba la mente débil al punto de convencerla de que está haciendo el bien cuando hace el mal. La verdad, no obstante, resulta demasiado pesada como para no terminar contrarrestando cualquier retórica, sea la de librarse de los abusadores judíos, sea la de purgar la sociedad para crear al hombre nuevo. Los gobiernos de los últimos treinta años en Chile han tendido a validar o respaldar esta retórica de la violencia estructural con el acento que han puesto sobre el reconocimiento de derechos sociales. Ellos son responsables de que varios crean que la violencia real no es la física, sino la que llaman estructural, y que, por lo tanto, es legítimo agredir y causar daño físico sobre las cosas y las personas, quitándoles incluso la vida con tal de tomar venganza —mas no de corregir— por causa de sus privilegios.

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