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19-06-2013
Ghamm
Publicada el 10-08-2012 02:05 0 5

Luis II de Baviera, el rey de los castillos

Durante sus pocos años de vida, el monarca siempre quiso, como muchacho bastante tímido, conocer el amor de alguna bella mujer, pero su reacción era escapar cuando creía verse rechazado

Luis II nació el 25 de agosto de 1845. Maximiliano II, su padre era un hombre serio, minucioso y sufría de constantes dolores de cabeza. María su madre, era una princesa prusiana que gustaba de vigilar los quehaceres domésticos.

Luis II vivió la mayor parte de su niñez y juventud alejado de todo lo que existía fuera de palacio.

Al ascender al trono se tomó bastante en serio sus deberes en 1864, a los 18 años de edad. Era un aficionado a los deportes, buen nadador y excelente jinete, pero no le gustaban las demostraciones de fuerza extrema, ni tampoco lo que tenía que ver con la disciplina militar, cosa bastante común en el reino vecino, Prusia.

Durante sus pocos años de vida, el monarca siempre quiso, como muchacho bastante tímido, conocer el amor de alguna bella mujer, pero su reacción era escapar cuando creía verse rechazado.

Se le construyó una costosísima carroza nupcial, tirada por ocho caballos, pero nunca llegó a ser utilizada.

Cuando aún no cumplía los 30 años se vio obligado a participar en dos guerras en el lapso de cinco años. El rey se sintió muy desilusionado al comprobar que su magnífica dinastía, de mas de 700 años, y la que había dado a Alemania dos emperadores, quedaba reducida a un papel secundario. Desde ese momento, Luis, se fue escondiendo mas en sus fantasías de belleza y esplendor, y desde entonces, dedicó todo su tiempo a vigilar la construcción de sus bellos castillos, que hasta el día de hoy son admirados.

Sus últimos años los vivió casi exclusivamente de noche

El castillo Linderhof, una joya del rococó, blanco como la nieve, se encuentra ubicado en un valle alejado de montaña, en las cercanías de Garmisch.

En algunas ocasiones, hasta 75 artistas laboraban, al mismo tiempo en decorar sus castillos. Sin descanso, el rey Luis, cuidaba hasta los mas mínimos detalles. Otro capricho fue una gruta artificial de estalactitas, que ordenó hacer en un prado lleno de flores, no muy alejado de su castillo de Linderhof, cuya construcción demoró dos años.

Ninguna de esas bellas obras, propias de un país de maravillas, estaba destinada a festividad alguna de la corte. Todas ellas se habían levantado para satisfacer el placer de solo una persona, el extraño Luis II.

Sus últimos años los vivió casi exclusivamente de noche, levantándose al anochecer. Firmaba documentos oficiales y cenaba a medianoche. Sus gustos y extravagancias consumían demasiado dinero.

El 10 de junio de 1886, lo visitó una delegación de ministros, acompañados por unos cuidadores de un manicomio y provistos de cloroformo. Estos llegaron a la aldea de Hohenschwangau con la misión de informar al rey que le declaraban, legalmente, impedido para ejercer su cargo, y que su tío, el príncipe Leopoldo, de 63 años, lo sucedería en el trono.

Luis fue trasladado al castillo de Berg en el interior de un coche especial. Un domingo, al anochecer, el doctor von Gudden fue a visitar al destituido rey y le propuso dar un paseo por el parque.

Dos horas después, como ninguno de ellos volviera, un grupo de cuidadores salió en su búsqueda con linternas. Al encontrarlos, ambos estaban flotando cerca de la orilla de un lago poco profundo.

Se le construyó una costosísima carroza nupcial, tirada por ocho caballos, pero nunca llegó a ser utilizada

La muerte de ambos aun está envuelta en el misterio hasta el día de hoy.

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