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Despidiendo a Philip

24/07/2018 11:50 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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"Érase un judío a una polla pegado", y después tocaría hablar de las glorias y servidumbres de la transformación fálica, examinadas por una especie de desenfreno verbal y frenesí del autoanálisis que solo descansa cuando alguien se decide por fin a quebrarle la mandíbula al protagonista. Y bueno, sí, todo esto está allí, por una vez el novelista no puede desprenderse de su imagen popular, la rijosidad, las secreciones... Pero Philip Roth, el nombre que aglutina una carrera casi tan prolífica como la de Henry James, es mucho más, ¡muchísimo más!

Empecemos por el principio: la de Roth es una historia de supervivencia. Los escritores con ambición artística (el adjetivo es aquí decisivo) son llamados de alguna manera misteriosa, pero no todos son escogidos, la mayoría se quedan trabajando bajo el ala de un colega, en el surco confortable que encontraron ya abierto, engrosando la evidencia empírica de algún rubro universitario de moda. Para descubrir las cosas que solo él podía contar, Roth tuvo antes que encontrar un resquicio en el imponente monolito que sus predecesores habían erigido. Isaac Bashevis Singer había inyectado a chorro la vida moderna en sus páginas (divorcios, neurosis, agentes de seguros) con un brío insólito, y Bellow había completado la operación de trasvasar aquel mundo a un inglés prodigioso. Entre los dos no solo parecían haber agotado las posibilidades creativas de la vida judía ?su encaje en el style of life de Estados Unidos, los remanentes de la matanza y el éxodo, el lento desprendimiento de la vieja religión y del yiddish, la entrada en el mundo desencantado del capitalismo...?, sino que a los dos les habían concedido el Nobel. ¿De qué diablos podía escribir Roth si no quería encapsularse en el pálido papel de sosias? ¿De piratas? ¿De espadachines? ¿De extraterrestres? Seamos sinceros: estas extravagancias no suelen llegar a buen puerto.

Roth encontró su grieta al advertir que tanto Singer como Bellow, por mal que se pusieran las cosas, trataban siempre a sus judíos con un compuesto de amabilidad y simpatía, que de alguna manera trataban de volverlos tolerables, asimilables. El trabajo literario de Roth empieza a despuntar cuando desprende a sus judíos de su condición de víctima (¡y de lo que espera de una víctima!) y los vuelve depositarios de instintos primarios y ambiciones sofisticadas. Lo que el joven Roth escribe parece una parodia, de una comicidad depredadora, sobre la vida judía, pero se trata de un efecto óptico que solo se manifiesta si comparamos a Portnoy con lo se supone que debe ser un judío en trance de asimilación al Nuevo Mundo (afanoso, cumplidor, agradecido), pero lo que a Roth le interesa es explorar hasta dónde puede llegar un varón que, si bien ha nacido en unas coordenadas que le permiten a la sociedad etiquetarlo como "judío", contiene demasiada agitación vital para dejarse contener (o asfixiar) por ese condicionante. Si los protagonistas de Roth se vuelven intolerables para los escrúpulos morales de sus conciudadanos lo hacen en tanto que estadounidenses, aunque gran parte de la diversión y el impacto literario dependa, por supuesto, de que sean judíos.

Roth está jugando a encontrarse como escritor por la ruta del salvajismo pero en el camino hace un descubrimiento importante. Preguntado por ¿qué era un judío?, o mejor: ¿cómo es un judío: qué características distintivas permiten reconocerlo?, Roth respondió que ninguna: que no había nada en común a todos los judíos, que al escribir sobre ellos (la forma de exploración más sofisticada conocida por el ser humano) no encontró un solo rasgo que permitiese diferenciar a los judíos del resto de la humanidad. Las identidades más efectivas son aquellas que construyen nuestros enemigos, las que nos obligan a responder para defender nuestros derechos y nuestra vida. El resto es un remanente cultural y religioso, sí, un patrimonio (título de una de las novelas más oscuras de Roth, que en una escena inolvidable identifica el legado con la materia y la materia con la descomposición), pero que es accesible para cualquiera, de la misma manera que tres muchachos judíos que ambicionan triunfar como novelistas entre estadounidenses pueden dejarse influir por Dostoievski, Shakespeare o Flaubert. Desprendidos de la religión y del idioma, entregados a las mismas pasiones y ambiciones que cualquier gentil, ¿qué hay de sustancial en los varones de Roth que no pueda aplicarse a cualquier varón?

Esta pregunta contiene el germen de otra más sofisticada: ¿cuántas cosas puede soportar un mismo hombre, cuántas facetas, cuántas etiquetas, sin dejar de ser él? Aunque los personajes de Roth casi siempre seguirán siendo varones judíos estadounidenses (más que un escritor autobiográfico ?nadie puede contener tantas vidas como aparecen en sus novelas? Roth concentra su foco en un área deliberadamente reducida), el problema central de su novelística se universaliza. Insisto: en adelante ya no solo se tratará de demostrar que cualquier individuo mínimamente vivo rebasa en curiosidad y comportamiento la etiqueta identitaria en la que está contenido, sino hasta qué punto la vida individual, por sosegada que parezca, no se define por la tensión entre las diversas facetas que debe sostener y prosperan en cada individuo. Quizás sea útil señalar que en este punto la psicología de Roth es la opuesta a la de Virginia Woolf. Donde Dalloway o Lilly se ven sacudidas por emociones indefinidas y pensamientos contradictorios, tan matizados y sutiles, que parecen dispuestos para debilitar la idea de un centro intelectual moral y estable, Zuckerman, Tarnopol o el suecoson empujados a apurar experiencias muy diversas en espacios morales irreconciliables para descubrir que no pueden dejar de ser ellos mismos. La suave liberación woolfiana, frente a las crueles exigencias rothianas; el verano de la irresponsabilidad con la que Orlando se desplaza anónima entre los siglos deja paso a la crisis y al tormento que el ideal de coherencia provoca en la vida examinada de Zuckerman. Caballeros, admitámoslo, nos dejamos engañar: la descocada, la fresca, ¡siempre fue Virginia!

La clave técnico-temática de Roth es la transformación, que maneja en formas varadísimas. Ya me he referido a la metamorfosis fálica (aunque espero que este contexto redimensione las pajas de Portnoy), pero Roth se vale también del doble, de reducciones físicas: el artista atrapado en un teta, símiles animales, alteraciones de género, variaciones de la relación maestro-alumno, y transformaciones imaginarias como la que altera a una pobre "vecinita" en Anna Frank para recubrir con un barniz prestigioso las exploraciones lúbricas de Zuckerman. Roth es un escritor de maduración lenta, y la extensa lista de sus novelas, aunque rara vez bajan de un nivel medio (que en su caso es altísimo), conoce logros disímiles. Quizás las dos mejores sean donde da rienda suelta a su principal talento como escritor: la imaginación literaria. La contravida, pese a su arranque inequívocamente rothiano (una versión siniestra del juego del truco o trato: el protagonista debe elegir entre la salud de su corazón o las jugosas felaciones de su amante), me parece más una humorada a costa de las así llamadas "escrituras de la posmodernidad" y los husmeadores de trazas biográficas en la ficción que una "novela de Roth"; la cito porque en cierta manera es extraordinaria y porque no me apetece pasarme meses discutiendo con mis amigos. Operación Shylock es un festín imaginativo que se resiste al comentario; me conformo con repetir el elogio, absolutamente preciso, de Harold Bloom: "Roth es un maestro de la vida y un genio de la comedia". No se me ocurre una frase mejor para celebrar a un novelista.

En sus penúltimas novelas la preocupación por las múltiples dimensiones que puede soportar un hombre sin dejar de serlo (hasta dónde se le puede tensar) rebasó las dimensiones individuales y familiares y se abrió a la historia reciente de Estados Unidos. En El teatro de Sabbath y en la llamada Trilogía americana Roth desarrolla una doble indagación en torno a lo reprensible. ¿Qué se le puede echar en cara a un hombre? ¿Qué aspectos de su vida nos compete juzgar? ¿Qué acciones pueden empañar o ensuciar las restantes? ¿Qué reflejos hipócritas desprenden la opinión pública y el orden social si nos tomamos está indagación en serio? Le recomiendo al lector que se olvide de la trilogía y que lea como si tratase de las dos caras de la misma moneda El teatro de Sabbath y Pastoral americana. Un judío de clase de baja (bajito, peludo, arribista, astuto), y un judío de clase alta (rubio, deportista, triunfador, contemplativo). El primero, Mickey, dispuesto a combatir la degradación de la carne con la energía del orgasmo y la excitación sexual, terror de padres e hijos, pero que se las arregla bastante bien para transmitir su entusiasmo a señoras y chicas de todas las edades, y que termina envuelto en la bandera de Estados Unidos mientras eyacula en la tumba de su amante favorita, en uno de los escasos pasajes patrióticos que he leído en mi vida sin pasar vergüenza; que esta imagen grotesca funcione también como una escena logradísima de amor y una celebración de la vida testimonia (ante el lector que todavía no se haya bajado del túnel de grosería e "indecencia" que se le propone) el alcance de los poderes alquímicos del Roth maduro. El segundo, el suecoLevov, constata cómo su vida calculada al detalle no logra contener las ráfagas de energía destructiva que soplan desde algún lugar escondido y constante: trazas incestuosas, terrorismo, traición fraterna, adulterio... Todo lo que puede sufrir un hombre cuyo comportamiento ha sido siempre "ejemplar".

Estas dos novelas constituyen el principal legado de Roth a la literatura, pero conviene no perder de vista Me casé con un comunista. Allí un Zuckerman envejecido dirime qué maestro le hubiese convenido más a su yo juvenil: el héroe comunista o el profesor riguroso, otra disyuntiva trampa. La novela constituye un travellingpor lo "reprensible", de una insólita vitalidad amarga (el distintivo tonal de Roth) sin otro agarradero que el empecinamiento de la vida por seguir adelante ("lo que los fuertes hacen con los débiles es terrible, lo que los débiles hacen con los fuertes es terrible, todo es terrible"). Roth remata la novela con una decena de páginas de retórica contenida que componen un desenlace insuperable. Un Zuckerman que todo lo ha vivido y experimentado (y qué difícil es no vivirlo y experimentarlo casi todo si a uno le gusta vivir, si nos dejamos manosear por la existencia, ¿no es eso de lo que Roth trata de advertirnos?), contempla el cielo y asocia a cada estrella el nombre de un personaje de la novela; qué serena parece su agitación ahora que han dejado de existir. El párrafo transcurre sereno hasta la última frase: "Las estrellas son indispensables". La luz constelada, la luz que ofrece orientación, pero también la gélida luz que señala la posición de un astro que se consumió hace miles de años, espacio muerto que nunca ha hecho el menor esfuerzo por entender la aventura humana. O la "ejemplaridad" de un universo estéril, o el barullo de la fecundidad y la depredación humanas. Existen otras alternativas, pero pertenecen a una imaginación más condescendiente.


Sobre esta noticia

Autor:
Criticic (2156 noticias)
Fuente:
ctxt.es
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Tipo:
Reportaje
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